miércoles, 3 de agosto de 2011

ALAN PAGE

Nombre: Alan Page


Ocupación: Escritor











La ciudad de México lleva ya Más de un mes tapizada de carteles de la campaña “diviértete leyendo”, del consejo de la Comunicación, también conocida como la campaña “LEER”. Es una campaña sorprendente en cuanto a la difusión que se le dio, el franco sinsentido de su creatividad, y, en mi opinión, la absoluta futilidad de su estrategia. Asumo que la campaña fue el producto de buenas intensiones. Las celebridades que se prestaron para ser sus portavoces, no dudo no dudo que lo hicieron de pura buena gana para apoyar una causa noble. Pero la nobleza de las intensiones no es lo que me parece problemático.
Para empezar, parece que quienes diseñaron la campaña leen poco, sino es que nada. Los textos que componen los carteles de la campaña se dividen en dos: lo que leer es, y lo que leer hace. Se dice de “leer” que es “mi mejor canción”, “mi ritmo”, “el mejor deporte” y “mi acto favorito” (por mencionar solo algunos).
Se dice de leer que “acelera nuestros sentidos”, que “nos enloquece”. La extrema rareza de los textos es tal que casi parece el resultado de un cadáver exquisito. Pero no lo es. Leer se presenta como equivalente a todo tipo de cosas: oír música, bailar, hacer deporte, diversión total, locura, como si quisieran hacer de la lectura una cosa más de “chavos”, con más “onda”. Pero el efecto es el contrario: se siente un profundo deseo de hacer de la lectura lo que sea que no sea simplemente leer algo que interese, que enganche.
Y ese es exactamente el punto: leer, por sí solo, no significa nada. Exhortar a que alguien lea, así, en abstracto, es casi como pedirle a alguien que sea. ¿Que sea qué? ¿Chef? ¿Viene-viene? ¿Estadista? Ni la identidad, ni la lectura, existen independientemente de sus predicados. Se leen novelas, buenas o malas, cuentos infantiles, epígrafes, baladas o el contenido nutricional de una caja de cereal. Leer veinte minutos de una buena novela es una delicia. Veinte minutos de cretinazgo, un suplicio.
No tengo nada en contra  de sugerir que la gente lea, pero no veo por qué gastar tanto dinero en tanta publicidad tan abstracta. Lo que necesita publicidad no es lectura en sí, son los buenos libros; libros que enganchen, que piquen, que formen lectores adictos. Somos un país con escritores, novelistas, poetas y dramaturgos que sostienen múltiples trabajos para sólo poder continuar escribiendo. ¿Por qué no usar ese dinero para impulsar su obra? ¿Por qué no tomarse el tiempo de leer? Porque lo que la campaña ofrece no es una entrada al placer de la lectura; son estrellas de farándula, predicados mafufos y un solitario infinitivo que se repite hasta perder sentido.
*tomado de periódico “La Semana de Frente” pp.5 del 18 a 24 de agosto 2011.


martes, 2 de agosto de 2011

RICARDO PIGLIA

RICARDO PIGLIA
Nombre: Ricardo Piglia
Ocupación: Escritor



















Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta.
Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta podría ser la primera imagen del ultimo lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven.”
                Hay otros casos, y Borges los ha recordado como si fueran sus antepasados (Mármol, Groussac, Milton). Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.
                “El Aleph”, el objeto mágico del miope, el punto de luz donde todo el universo se desordena y se ordena según la posición del cuerpo, es un ejemplo de esta dinámica del ver y el descifrar. Los signos en la página, casi invisible, se abren a universos múltiples. En Borges la lectura es un arte de la distancia y de la escala.
                Kafka veía la literatura del mismo modo. En una carta a Felice Bauer, define así la lectura de su primer libro: “Realmente hay en él un incurable desorden y es preciso acercarse mucho para ver algo” (la cursiva es mía).
                Primera cuestión: la lectura es un arte de la microscopia, de la perspectiva y del espacio (no solo los pintores se ocupan de esas cosas). Segunda cuestión: la lectura es un asunto de óptica, de luz, una dimensión de la física.
                Joyce también sabía ver mundos múltiples en el mapa mínimo del lenguaje. En una foto, se lo ve vestido como un dandy, un ojo tapado con un parche, leyendo con una lupa de gran aumento.
                El Finnegans Wake es un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en letras y las letras se enciman y se mezclan, las palabras se transmutan, cambian, el texto es un rio, un torrente múltiple, siempre en expansión. Leemos restos, trozos sueltos, fragmentos, la unidad del sentido es ilusoria.
                La primera representación espacial de este tipo de lectura ya está en Cervantes, bajo la forma de los papeles que levantaba de la calle. Ésa es la situación inicial de la novela, su presupuesto diríamos mejor. “Leía incluso los papeles rotos que encontraba en la calle”, se dice en el Quijote.
                Podríamos ver allí la condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes); en el tumulto de la ciudad se detiene a levantar papeles tirados en la calle, quiere leerlos.
                Solo que ahora, dice Joyce en el Finnegans Wake – es decir en el otro extremo del arco imaginario que se abre con Don Quijote-, estos papeles rotos están perdidos en un basurero, picoteados por una gallina que escarba. Las palabras se mezclan, se embarran, son letras corridas, pero legibles todavía. Ya sabemos que el Finnegans es una carta extraviada en un basural, un “tumulto de borrones y de manchas, de gritos y retorcimientos y fragmentos yuxtapuestos”. Shaum, el que lee y descifra en el texto de Joyce, está condenado a “escarbar por siempre jamás hasta que se le hunda la mollera y se le pierda la cabeza, el texto está destinado a ese lector ideal que sufre un insomnio ideal”
El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extras de lo que significa leer un texto, personificaciones extrema de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida.
                Muchas veces los textos han convertido al lector en un héroe trágico (y la tragedia tiene mucho que ver con leer mal), un empecinado que pierde la razón porque no quiere capitular en su intento de encontrar el sentido. Hay una larga relación entre droga y escritura, pero pocos rastros de una posible relación entre droga y lectura, salvo en ciertas novelas ( de Proust, de Arlt, de Flaubert) donde la lectura se convierte en una adicción que distorsiona la realidad, una enfermedad y un mal.
                Se trata siempre del relato de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo contrario no se narraría); aparece más bien como un lector extremo, siempre apasionado y compulsivo. (En “El Aleph” todo el universo es un pretexto para leer las cartas obscenas de Beatriz Vi-terbo.)
                Rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles.
                Detengámonos, por ejemplo, en la escena en la que el Cónsul, en el final de Under the Volcano, la novela de Malcolm Lowry, lee unas cartas en El Farolito, la cantina de Parián, en México, a la sombra de Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. Estamos en el último capítulo del libro y en un sentido el cónsul ha ido hasta allí para encontrar lo que ha perdido. Son las cartas que Yvonne, su ex mujer, le ha escrito en esos meses de ausencia y que el Cónsul ha olvidado en el bar, meses atrás, borracho. Se trata de uno de los motivos centrales de la novela; la intriga oculta que sostiene la trama, las cartas extraviadas que han llegado sin embargo a destino. Cuando las ve, comprende que solo podían estar allí y en ningún otro lado, y al final va a morir por ellas.
                El cónsul bebido un poco más de mezcal.
”Es este silencio lo que me aterra…. Este silencio…” El cónsul releyó varias veces esta frase, la mismas frase, la misma casta, todas las letras, vanas como las que llegan al puerto a bordo de un barco y van dirigidas a alguien que quedó sepultado en el mar, y como tenía cierta dificultad para fijar la vista, las palabras se volvían borrosas, desarticuladas y su propios nombre le salía al encuentro; pero el mezcal había vuelto a ponerlo en contacto con su situación hasta el punto de que no necesitaba comprender ahora significado alguno en las palabras, aparte de la abyecta confirmación de su propio a perdición…..
                En el universo de la novela las viejas cartas se entienden y se descifran por el relato mismo; más que un sentido, producen una experiencia y, a la vez, solo la experiencia permite descifrarlas. No se trata de interpretar (porque ya se sabe todo), sino de revivir. La novela – es decir, la experiencia del Cónsul- es el contexto y el comentario de lo que se lee. Las palabras le conciernen personalmente, como una suerte de profecía realizada.
                En el exceso, algo de la verdad de la práctica de la lectura se deja ver; su revés, su zona secreta: los usos desviados la lectura fuera de lugar. Tal vez el ejemplo más nítido de este modo de leer esté en el sueño (en los libros que se leen en los sueños).
                Richard Ellman en un momento de su biografía muestra a Joyce muy interesado por esas cuestiones. “Dime, Bird, le dijo a William Bird, un frecuente compañero de aquellos días, ¿has soñado alguna vez que estabas leyendo? Muy a menudo, dijo Bird. Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus sueños?”
                Hay una relación entre la lectura y lo real, pero también hay una relación entre la lectura y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su historia.
                Digamos mejor que la novela con Joyce y Cervantes en primer lugar busca sus temas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector el visionario, el que lee para saber cómo vivir. Desde luego, el Astrologo de Arlt es una figura extrema de este tipo de lector. Y también Erdosain, su doble melancólico y suicida que lee en un diario la noticia de un crimen y la repite luego al matar a la Bizca.
                En este registro imaginario y casi onírico de los modos de leer, con sus tácticas y sus desviaciones, con sus modulaciones y sus cambios de ritmo, se produce además un desplazamiento, que es una muestra de la forma específica que tiene la literatura de narrar las relaciones sociales.  La experiencia está siempre localizada y situada, se concentra en una escena específica, nunca es abstracta.
               Habría en este sentido dos  caminos.  Por un lado, seguir al lector, visto siempre al sesgo, casi como un detalle al margen, en ciertas escenas que condensan y fijan una historia muy fluida.  Por otro lado, seguir el registro imaginario de la práctica misma y sus efectos, una suerte de historia invisible de los modos de leer, con sus ruinas y sus huellas, su economía y sus condiciones materiales.
               De hecho, al fijar las escenas de lectura, la literatura individualiza y designa al que lee, lo hace ver en un contexto preciso, lo nombra.  Y el nombre propio es un acontecimiento porque el lector tiende a ser anónimo e invisible.  Por de pronto, el nombre asociado a la lectura remite a la cita, a la traducción, a la copia, a los distintos modos de escribir una lectura, de hacer visible que se ha leído  (el crítico sería, en este sentido, la figuración oficial de este tipo de lector, pero por supuesto no el único ni el más interesante).  Se trata de un tráfico paralelo al de las citas: una figura aparece nombrada, o mejor, es citada.  Se hace ver una situación de lectura, con sus relaciones de propiedad y sus modos de apropiación.
               Buscamos, entonces, las figuraciones del lector en la literatura; esto es, las representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción. Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia de la lectura. No nos preguntaremos tanto que es leer, sino quien es el que lee (donde está leyendo, para que, en qué condiciones, cuál es su historia).
                Llamaría a ese tipo de representación una lección de lectura, si se me permite variar el título del texto clásico de Lévi-Strauss e imaginar la posición del antropólogo que recibe la descripción de un informante sobre una cultura que desconoce. Esas escenas serian, entonces, como pequeños informes del estado de una sociedad imaginaria –la sociedad de los lectores- que siempre parece a punto de entrar en extinción o cuya extinción, en todo caso, se anuncia desde siempre.
                El primero que entre nosotros pensó estos problemas fue ya lo sabemos, Macedonio Fernandez. Macedonio aspiraba a que su Museo de la novela de la Eterna fuera “la obra en que el lector será por fin leído”. Y se propuso establecer una clasificación: series, tipologías, clases y casos de lectores. Una suerte de zoología o de botánica irreal que localiza géneros y especies de lectores en la selva de la literatura.
Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular.
La pregunta “que es un lector” es, en definitiva, la pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta – para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato: inquietante, singular y siempre distinto.
*Tomado de: "El último lector" Piglia Ricardo. Pp. 19-25

lunes, 1 de agosto de 2011

FERNANDO SAVATER


FERNANDO SAVATER


Nombre: Fernando Savater
Ocupación: Escritor









yo soy de los que creen que todo libro es, a su modo, mágico. Considero que en el ya antiguo rito de la lectura siempre hay algo de conjuro y brujería.
            Tenía razón Carly-le cuando respondió a la dama altanera que tomaba como vacua palabrería las obras Voltaire,  Rousseau y demás enciclopedistas: ¿Ve usted esos libros, señora mía? Pues la segunda edición de cada uno de ellos se encuaderno con la piel de los que se habían burlado de la primera.
El acto de leer, como el acto sexual, puede ser efectuado en busca de muy diversas recompensas subjetivas, pero en sí mismo tiene como objetivo natural la reproducción de su especie.
            La comprensión a fondo de cualquier gran libro parece suscitar que lo prolonguemos o refutemos en  otro comentario escrito, periódicos y revistas, con todos los rasgos específicos que se les deben reconocer, pertenecen más al gremio de los libros que al de cualquier otro tipo de expresión o información. Este tipo de periodismo es sin duda –Y no debe nunca dejar de ser- un género literario, lo cual no quiere decir que pertenezca el área de la ficción, sino a esa otra ya mencionada de la interacción entre escribir y leer.
            Leer no es lo mismo que ver imágenes: el primer ejercicio impone un proceso de abstracción de las emociones, un preservativo forzoso de reflexión, por tenue que sea, ante la conmoción vertiginosa de los sucesos.
            Hasta en el peor de los casos, leer es ya una forma de pensar, mientras que las imágenes por sí solas se limitan tumultuosamente a estimular maneras de sentir o padecer.
            Lo malo es que esta aceleración televisual contagia también a la lecrtura de los periódicos, que deja de ser lectura y se transforma en simple ojeada, pasando vertiginosamente por encima de los titulares par remansarse sólo durante breves segundos en la fotografías, en los anuncios y en los comics. El periódico se reduce asi a simple hecho “visual”, como las telecronicas, en lugar de ser ante todo un fenómeno intelectual, aunque de carácter tan transitorio y episódico como la actualidad misma.
            Leer un periódico, incluso el peor de los periódicos, es dar el primer paso para escapar de lo que hipnotiza y atonta, gracias al más antiguo ejercicio que distingue entre cultura y barbarie.
*Tomado de “Diccionario Filosófico” pp. 186-191

sábado, 30 de julio de 2011

ARTURO ÀLVAREZ BALANDRA

ARTURO ÀLVAREZ BALANDRA
Nombre: Arturo Álvarez Balandra 
Ocupación: Docente



















Cuando inicié mis estudios no tenía el hábito de la lectura. Soy profesor de educación física, en esa especialidad no es habitual leer. Empecé a desarrollar el hábito por la lectura a partir de que estudié la carrera de psicología en la UNAM. Leía básicamente por requerimientos de orden académico y después por interés particular. Ya en mi nuevo proceso de formación académica recurrí o a las bibliotecas o compraba  los libros. No me gusta leer en fotocopias, por estar mal de la vista me cuesta trabajo, prefiero comprar los libros.
Aunque no tengo formación filosófica el adentrarme cada vez en lecturas más complejas me ha da dado un hábito, una autoridad lectora. Me ha posibilitado acceder a textos originales y ya no tanto a interpretaciones de los mismos, lo que ha permitido crecer en términos del conocimiento filosófico y hermenéutico y comprender que cada quien va estableciendo sus estrategias. Que no hay reglas, ni recetas para apropiarse de cierto tipo de información. Creo que la lectura es una vía de comunicación y de diálogo.
  Hoy  en día una persona que no lee está desprovista de una condición básica que tiene que ver con el desarrollo de esta sociedad pero también con la capacidad  de desarrollarse como persona, si tu no lees no tienes acceso a ningún tipo de información; la mayoría de la información se da a través de la lectura, si tu entras al internet parte importante del lenguaje que utiliza es la lectura. El problema es que los alumnos lo que hacen es copiar y pegar, pero no lo leen, al no leer ni siquiera se enteran de lo que están poniendo ahí. De repente unas cosas están en presente otras están en pasado y otras en futuro. De repente aparece un lenguaje rebuscado de alto  nivel  que no corresponde con el que vienen manejando  en el resto del trabajo.
Si bien no soy enemigo acérrimo de internet como tecnología aplicada a la educación, si creo que empobrece la lectura. Cada vez es menos el discurso escrito y mucho más lo que se supone que lo que se lee. A eso me refería cuando afirmé que los alumnos de bachillerato y licenciatura copian y pegan y ni siquiera lo leen. No creo que la tecnología por si misma sea un mecanismo que favorezca la generación de gente lectora. La lectura es un hábito que se desarrolla desde la infancia y mucho tienen que ver los ambientes familiar y escolar. Y para que se lleve a cabo debe haber interés.



viernes, 29 de julio de 2011

RAÚL ANZALDUA ARCE


RAÚL ANZALDUTA ARCE

Nombre: Raúl Anzalduta Arce
Ocupación: Docente












uno aprende a leer en la medida que escucha como lee el otro. La lectura en voz alta es fundamental. A mí me entusiasmaba cómo leían mi mamá y mi papá. Eran buenos cuenta cuentos, eso me ayudó mucho  para iniciarme en el hábito lector. Recuerdo que los primeros libros que leí fueron novelas abreviadas para niños con ilustraciones. Ahí leí a  Julio Verne: Viaje al centro de la tierra, Viaje a la luna, Veinte mil leguas de viaje submarino, entre otras.
Con el paso de los años fue importante para mí la obra de Mario Benedeti y por supuesto la de Julio Cortázar. En cuanto a libros vinculados con mi formación profesional Freud me parece trascendental, además de Castoriadi y Klein. Me interesa el psicoanálisis y eran psicoanalistas. Aprendí de la lectura de ellos todo lo que sé sobre el proceso psíquico. No puedo dejar a un lado a Foucoult, después que leí Vigilar y castigar, ya no pensé igual.
Estoy convencido que la lectura de libros nos humaniza. Creo que el uso indiscriminado de medios tecnológicos es un riesgo para la lectura. Para el pensamiento crítico. Hay mucha basura en internet, lo que se fomenta es una cultura del video más que de la lectura. Poco se ha hecho para articular la lectura con la tecnología. Aunque en realidad me confieso tradicionalista al respecto. Un libro es un libro. Gran deleite sin duda.



jueves, 28 de julio de 2011

SAMUEL ARRIARRAN CUELLAR


SAMUEL ARRIARRAN CUELLAR


Nombre: Samuel Arriaran Cuellar
Ocupación: Filósofo










De niño me gustaba leer pero era pura curiosidad. No me gustaba la escuela me gustaba leer. Mi padre tenía una biblioteca y a veces nos leía en voz alta. Eso era importante  porque ayuda a agudizar el oído y  a sensibilizarse en el lenguaje no es lo mismo leer en silencio que leer en voz alta. Recuerdo que mi padre nos  leía poesía y nos obligaba a memorizar y si no memorizábamos nos pegaba con un palo.
Cuando crecí  busqué los libros por mí mismo. Leía todo  lo que llegaba a mis manos. Leía y no entendía pero seguía leyendo. Poco a poco uno me fui apoderando de la lectura. Comencé a entender. En mis años de infancia no recuerdo que me haya impresionado un autor, ya de joven y en mis años de estudiante en la universidad si me atrapó la obra de un filósofo español de nombre  Adolfo Sánchez Vázquez. Me cambió la vida de tal forma que desde entonces percibo el mundo, la realidad  de una manera más filosófica. Fue una revelación: me di cuenta que sin la ayuda de otra persona no iba a lograr nunca llegar a ser yo mismo o a pensar por mi cuenta.  Los textos del maestro Sánchez Vázquez me ayudaron a conocerme a mí mismo.
Desde la adolescencia la lectura ha sido una actividad diaria, algo que no puedo dejar de hacer. Es como el pan. El pan cotidiano. Una especie de religión o de oración cotidiana. No puedo estar sin leer porque en la lectura me concentro. Es cuando estoy solo conmigo mismo y cuanto más siento placer por estar conmigo la lectura. Como la música la lectura es algo que me hace sentir bien con la vida en una época, en una sociedad donde todas son malas noticias puras desgracias. En ese contexto la lectura es un refugio para enfrentar esa realidad tan horrible
A mí me sucede eso pero, ojo, no debemos sobrevalorar la lectura. Lo que es agradable para mí no tiene porque serlo para todos. Para otras personas hay cosas mejores que la lectura dentro del cine o la música. La lectura no es la única manera de formarse no es la única manera de conocer. Por eso estoy contra las políticas de promoción de la lectura. Creo que lo único que provocan es alejar a la gente de la lectura, de los libros,  por considerarlo como algo obligatorio. La lectura en los libros no es la  única manera con la que uno se va a relacionar en la vida. ¿A poco leen los campesinos? No necesitan libros, eso de las políticas públicas, las políticas de gobierno de promover la lectura son un fracaso. No sirven para nada
Considero que lo conveniente es no obligar a leer a nadie. Hay que dejar que la gente solita se dé cuenta de que los libros son útiles, pero no en el sentido pragmático.  Los libros no son como tractores o fabricas. Los libros son para sentir placer, mientras  no se promueva esa cultura de que los libros son para divertirse, para el placer, no habrá política que dé resultado. La mejor manera de promover la lectura, sobre todo en los niños, es darles lecturas que sirvan para que disfruten, si los niños aprenden a disfrutar de la lectura, ya de adolecentes, de jóvenes y de adultos nunca van a dejar de leer.
Si  alguien descubrió que la lectura no es algo obligatorio, que no es para sufrir ni para aprender nada, pues nunca va a dejar la lectura. La harán un habito no una tortura.

miércoles, 27 de julio de 2011

ANA CORINA FERNÀNDEZ ALATORRE

ANA CORINA FERNANDEZ ALATORRE

Nombre: Ana Corina Fernandez Alatorre
Ocupación: Maestra UPN, UNAM, Investigadora, asesora de distintos organismos, nacionales e internacionales sobre formación ciudadana.













Yo no me acerque a la lectura, la lectura vino mucho después por que antes llegó el juego con la escritura; mi familia venía de muchas guerras tratando de sobrevivir, entonces no había muchos libros en casa. Cuando se huye, los libros pesan mucho. Y había pocos. Había uno de Rabelais con ilustraciones. Había otro de literatura inglesa con poetas ingleses. Para mí no significaba mucho pero sí recuerdo haber visto las imágenes de una colección del abuelo del National geografic. Ahí tuve la primera imagen de otra forma de ser mexicano. El primer indígena que vi fue en una imagen del National geografic.
Mi primer acercamiento con la lectura fue físicamente doloroso. Mi mamá era directora de una escuela bilingüe y yo tenía que demostrar antes que los otros que yo sabía leer en inglés y en español a los 4 años. Y toda la angustia de mi madre por perder el trabajo estaba en mi cabecita, cada vez que me equivocaba había cocotazos, lo que más dolía, ahora lo sé, era el miedo que tenía mi mama y con ese miedo me pegaba en la cabeza. Entonces, entre que no había libros, y que leer era algo doloroso y angustiante la lectura no llegó así de agradable.
Mi familia había vivido en varios países, mi padre había sido combatiente y lo que tenían era mucho que contar, muchas anécdotas, algunas chistosas; otras de enseñanza de sobrevivencia, otras de hambre, otras de miedo, y otras terribles.  Lo que yo escuchaba eran historias. Veía a mi padre una vez por semana y me contaba historias que él inventaba  y esas historias podrían durar semanas. Había un ogro, por ejemplo, que iba cavando un pozo y cada vez se encontraba  un mundo y era un mundo que contar cada semana. Ese tipo de historia tienen que ver, creo, con su condición de tras terrado, era refugiado español. Quería cavar su pozo y ver si por ahí llegaba a España, que sé yo.
Entonces, primero fueron las historias y la lectura. Muy chiquita inventé mi alfabeto, hacia cuadernitos con historias escritas con ese alfabeto y las vendía. Terminé haciendo libros para niños y además soy de la generación de los cuentos por la radio y los comics.
Creo que la lectura no está separada de la vida y cada quien la asume de distintas manera. Hay distintos tipos de lectura en uno mismo: hay una lectura que se hace para nosotros y hay una lectura que se hace para uno mismo;  hay una lectura que se hace para inventar mundos porque cuando uno lee una cosa es lo que escribe el autor y otra cosa los mundos que se crean cuando uno lee; y hay una lectura para reparar heridas y otra para construir y otra para descubrir y hay mas, muchas más. A mí me sirve la lectura para reparar, para construir, para sentir, para entender, para perdonar, para seguir viva